
Tisbe llegó primero aquella noche, cubierta con un velo y esperó, con impaciencia, la llegada de su amado. Junto a ella había una fuente, espléndida, donde se reflejaba la luz lunar. De repente, se dio cuenta de que una leona, con las mandíbulas llenas de sangre, se aproximaba a la fuente. Asustada, Tisbe salió corriendo para buscar refugio en una caverna, sin darse cuenta de que dejaba atrás su velo, que la leona desgarró y tiñó con la sangre de sus fauces.
Poco después de que la leona se fuese, apareció Píramo. El joven vio las pisadas y el velo ensangrentado, y creyó que Tisbe había muerto. Loco de dolor por la desgracia, se suicidó dejándose caer sobre su espada. Al poco tiempo, Tisbe volvió al lugar de la cita, donde encontró a Píramo muerto, junto al velo. Tras besar la tibia boca de su amado, Tisbe acabó con su vida atravesándose el pecho con la espada.
Cuando sus padres los encontraron, decidieron enterrarlos juntos, en la misma tumba, bajo la morera. El árbol, desde aquella fatídica noche, tornó el color de sus frutos, antes blanco, por el rojo de la sangre de los amantes.